
Ella nunca había vivido en ciudades de tejados rojos. Durante años nos habíamos hablado así, entre los largos besos y el olor a trementina de Neruda, y la lluvia inmensa, y los ojos encendidos sobre el océano. Noches como gatos enroscados a los pies del fuego de la estancia, horas inamovibles como inquilinos de un mismo pensamiento. Tanto tiempo y tanto silencio sobre las palmas de las manos, creciendo, en latidos extensos y prolongados de deseo. Jamás. Jamás logré saber de qué color eran sus ojos para jamás poder ver bosques que me los recordasen, ni otoños que los borraran.