07 agosto 2007
Dedos en la espalda.
02 agosto 2007
30 julio 2007
Peligros de vivir.
27 julio 2007
Güe.
26 julio 2007
Miedo
21 julio 2007
Verso perdido.

de esa tristeza encendida,
que despiertas tormentas
y olor a otoño.
Te imagino del color
que los bosques olvidan,
del certero tinte
que cubre las heridas,
del rayo y de la nube gris,
relámpago a mis ojos caído.
Te anhelo cada noche
en mis brazos tendida,
junto al fuego derramado,
junto a la luna fría,
palabra que en mi boca falta
verso perdido,
como un dolor
que en mi mano pones
y en este llanto hago mío.
15 julio 2007
Sé mi silencio.
con el peso atroz del miedo,
con el miedo
y el recuerdo vestido de deseos
libres y galopantes
buscadores y amantes de tu pecho,
tu pecho
el que ha de acogerme
como el nido recién hecho
de los ausentes,
la casa para mi alma,
o mis ganas, o mi huída,
sé mi silencio, guarda mi piel,
la de tocarte
la de sentirte
la de llover sobre ti.
Sé mi silencio
como sólo tú lo sabes ser,
amor
desde este último instante
terrible y verdadero
como un astro anillado
un llanto derramado
una canción ignorada
un poema.
Hay un poema para ti
que no tiene palabras,
y sin embargo lo has leído
tantas veces en mis ojos,
desde siempre
desde el primer momento
la primera mirada
la que cambió nuestra vida.
Así pues, amante amiga,
de nuevo quiero mirarte
entre cosas
que mañana desconoceré.
12 julio 2007
Preguntas (Avatares de un cuaderno nuevo en un preoperatorio. Capítulo 8). Día 190 del año 2007.
Hoy ha vuelto a amanecer.
Veo los mismos edificios grises.
En el octavo piso del número veinticinco, esquina Horreo con Rosa, siempre hay un hombre en la misma posición detrás de los cristales. Quizás estudia cuántos automóviles rojos de la misma marca pasan por la calle. Quizás cuenta el número de palomas (esporádicas) que atraviesan hoy la avenida para hallar la media anual. Me pregunto si es tetrapléjico y su madre lo aparca cada mañana en la misma ventana, en el mismo eterno momento.
Sigo solo en la habitación, Ismael se fue hace unos días, no se cuántos, con su prótesis de cadera y su áspera esposa. “Oh… ya te dan el alta. Vamos caminando para no llamar a un taxi.”
Pienso en comenzar a marcar palitos en la pared para saber que pasan los días. Decido fumar otro cigarro a escondidas. “Si entra el médico tengo que aclararme la boca para hablar, pero antes de que pueda hacerlo ya se habrá ido.” Aquí los médicos hacen visita de médico. Me pregunto si deberían preguntarte qué tal estás; antes de que respondas ya se están marchando.
En la habitación 444 una mujer lleva veinte días agonizando. Me pregunto si llegará a morir en su tierra (a dos mil kilómetros de aquí), o la burocracia del seguro de viajes conseguirá llevarla muerta. Es mas barato llevarla en una caja de pino que en un avión UCI.
En el otro pasillo, junto a la baldosa número ochenta y cuatro, hay una chica anoréxica. Los médicos la riñen por que no come, como se hace con los niños pequeños que no quieren acabarse los espaguetis. Me pregunto si esa es la terapia.
11 junio 2007
Gritos
la oscuridad era fiel como un cristal
transparente, fría.
Una música sollozaba a mi lado,
gritos pesados
gritos negros
y una guitarra lenta.
Se desbocó el alma entre susurros,
como siempre,
como cuando me miras.
Se desbordó el mar
como cuando hace el calor que me cedes.
El amor que me tienes.
Gritos lentos,
gritos precisos,
y una guitarra negra.
la escura yera fiel como un cristal
tresparente, fría.
Una música sollutaba al llau de mio,
glayíos pesaos
glayíos negros
ya una guitarra llenta.
Esbocose l'ánima ente rancíos,
como siempre,
como cuando me mires.
Esbarbose la mar
como cuando fai’l calor que me cedes.
L’amor que me tienes.
Glayíos llentos,
glayíos satos,
ya una guitarra negra.
08 junio 2007
Amor Caído
Sueño recurrente, te busco una vez más, despierto para preguntarme si existes, si estás ahí, si son tuyos los pasos que escucho acercarse, si el alba te traerá a mí. Palabras asiduas, sentimientos repetidos. Despierto sin saber a dónde ir, sin saber de dónde venir. Ahora sé que lo haré de nuevo para asomarme en aquella ventana en la que juntos, una vez, vimos las luces de la ciudad antes de que el sol las borrase, antes de que las cosas sucedieran de esa manera. Los astros nos eran favorables, tú abrazabas tus piernas pensando en mí, juntábamos caracolas sin cesar paseando sobre la espuma y prometiendo besos y dulzuras. Yo creía firmemente en los sueños, en las casualidades, en los deseos, en el infinito, en la brisa del sur, por que la brisa del sur es tan bonita que me hace sufrir cuando no sopla, cada vez que las sombras corren hacia el mar, cada vez que las imágenes me devuelven vacío, o pena, o dolor, o una tremenda e indiferente sensación de haber vivido esas palabras. Recuerdo una taberna, un bar, un chigre; no sé cómo se llamaba en realidad. Había pescaito, olivas, altramuces, poemas del barrio, gritos que sólo yo escuchaba. Yo… y el tabernero. Me regaló un libro, un abrazo, un fino y un deseo. Lo junté a los míos, lo arrimé a mis ganas, me saliste entonces en la plaza a bailar por bulerías, o por fandangos, no sé, y me morí por ti mientras te abrazaba sin que me vieras, sin que estuvieras, sin que sintieras mis versos. Me regaló un deseo, una lágrima, un pesar. Me abrió otra botella para recitar más versos, y los ojos, y el dolor de tu ausencia. María en la cocina con sus camarones nos miraba. Vete extranjero, vete. No puedo, María, quise decirle, pues una mirada me trajo aquí. Una mirada. Hacía tanto calor para un norteño, gotas de sudor y gotas de amor, gotas que no servían para nada. Por el barrio viejo, piedras y sombras, te busqué. Había música y palmas, había gentes desdeñadas en sus sillas de madera y mimbre, y aquel olor a seco, a sudor y poesía, a tendales oreando en plena calle lo que ahora no recuerdo. Abrió otra botella más y otro poema y María, en la cocina, ya no dijo nada. Muero de amor, tabernero, muero de anhelo y de ganas, y de esperanzas y miedos se me está apagando el alma. Y bailé, no sé si tú me sentiste. Bailé sobre aquellos campos, reí entre aquellas flores, alboroté los caminos y la noche por buscarte.
Pero se hizo de día, amor caído, se hizo de vida la sombra y el sueño... Y sigo pidiendo, entre aquellas luces, tu cuello bajo el pelo para darte de nuevo aquel beso. Aquel solo beso que valió una eternidad.

