05 diciembre 2007

Otra vez la lluvia.

Absurdamente descolorido
veo pasar las calles bajo la lluvia.
Mis cabellos erizados
te señalan a ti,
girando,
mis lágrimas malgastadas
te imploran a ti
rodando, por mejillas y suelos
rodando
en un mar borroso
un bosque
un juego de manos sobre tu piel.

Absurdamente esperando
hurgo en la lluvia incesante.

30 octubre 2007

El cazador de instantes II

La otra lluvia.

Llegué a casa empapado y con el cuaderno vacío. Había caminado dificultosamente bajo la lluvia durante horas. Pensaba en darme una ducha, quitar de encima ese olor a tabaco y amargura que se me había ido pegando al recuerdo. Pero sólo logré quitar los zapatos encharcados. Luego me desplomé en la silla de la cocina y seguí fumando. También los cigarrillos estaban mojados, arrugados como mis ideas, dentro de un paquete que desteñía tinta azul. La tarde había sido dura para todos. Quise beber un trago de algo fuerte. Rebusqué entre el desorden y al fin encontré una botella de Jack Daniels. Era la única cosa que aquella noche estaba seca, así que la dejé tumbada frente a mí sobre el mantel de cuadros verdes, blancos y azules. Allí permanecimos durante horas mirándonos, ella transparente y callada, yo callado y oscuro. Después, harto de que los pensamientos rodaran siempre al mismo recuerdo y la misma conclusión, me desnudé y me metí debajo de aquellas sábanas sin solución intentando dejar atrás el día con todas sus orfandades. Sudé. Sudé agitadamente entre ensoñaciones y realidad. La humedad de la lluvia me perseguía incluso en el encierro de mi habitación, en la oscuridad desobedecida por el eterno parpadeo de neón del tugurio de abajo. No se cuándo se resolvió mi descanso, me dormí entre tanto, ni se cuándo dejo de llover. Hay un cenicero rebosando de colillas, la ceniza ocupa un círculo difuso que indaga en el paso del tiempo sobre la mesilla de noche, pero no me apetece limpiarlo aún. Aún cabe otra colilla más y otro pensamiento malogrado antes de amanecer.

07 agosto 2007

Dedos en la espalda.

Dedos en la espalda. La tuya. La mía. Dedos en la espalda es todo lo que quiero. Un camino que acaba dónde. O dónde empieza. Dedos caminando entre los sueños que guardo justo donde terminan los huesos. O donde empiezan las fantasías. Los deseos. Las ganas. Un cigarro entre los labios, como siempre, los labios de buscar, los de callar, los labios, esos que sólo tú me abres. Un camino en la noche, entre la noche, que conduce a dónde. O a dónde conduce. Estabas acostada, entre canciones sin letra, sin música, o era yo quien no las entendía. No lo se. Nunca se nada. Ya me conoces, la eterna duda, la continua pregunta, el pasear cuando nadie me ve. ¿Nadie me ve? Dedos en la espalda. Es todo lo que quiero. Y ahora se que el fin está ahí, a la vuelta de la esquina, y salgo a la calle a beber y rendirme. O a ver si es cierto que el sol se oculta rojo en el occidente de las caricias. ¿Y las promesas? Creo haber prometido cosas que no cumplí un día. Quizás hablé de más. Para una vez que hablo, mira. Prometo no prometer más. Estabas acostada y yo te miraba. No quería apartar los ojos. No lo hice. Ahora no puedo cerrarlos. ¿Dónde se ha ido el sol? ¿Dónde se han ido las canciones? Ahora sólo veo piedras donde sentarme con mi cuaderno, te prometo que siempre llevo un cuaderno en mi bolsillo aunque nunca lo hayas visto y aunque haya prometido no prometer, un cuaderno verde y suave, una voz entre el silencio, un pájaro callado, un trueno y un árbol. Pasan los días prendidos de esta levedad. Yo los veo caminar de lejos derramando el mar certero de tus ojos y hacer mellas en mi piel desnuda; una por cada olvido, una por cada esperanza. Prometo, prometo no prometer más, y dormirme con tus dedos en mi espalda.

02 agosto 2007

Sin título.


Hoy el día se ha roto
como un vidrio entre las manos.
Busco tu recuerdo
con la necesidad del aire.

30 julio 2007

Peligros de vivir.

Hoy he salido temprano, apenas un rayo de sol rozaba las piedras. Seguí de largo al pasar junto a la que siempre me sirve de descanso para fumar un cigarro, como si tuviera prisa por ir a cazar instantes. La dejé atrás sin poder evitar echarle una mirada cómplice. Seguí calle arriba renqueando agitadamente con el cuaderno dentro del bolsillo y dos bolígrafos nuevos reservados para esta intuición, esta caza que prometía una presa llena de palabras incoherentes que después, en el oscuro e inhóspito encierro de mi habitación, debería de intentar ordenar hasta encadenar una fila de pensamientos. La última que logré hablaba de una vajilla dispuesta para dos desayunos que horas después seguían sobre la mesa, con su café frío y sus croisanes sin comer. Descubrí algo terrible, una ausencia que no era esperada, un frío, un abandono, las lágrimas amargas de alguien perplejo y solo. La había conseguido emborronando tres páginas de mi cuaderno desde una escalinata que bordeaba una casita blanca y pequeña. Me encontré frente a una ventana abierta que mostraba una cocina plagada de vacío, oscura y desconocida, en la que se hallaban las letras escondidas de esta historia de desamor. La cacé rápido, sin dudar, atrayéndola hacia la trampa que escondían mis páginas aún blancas y sugerentes. Después, sin ningún miramiento, cerré y apreté con fuerza las tapas hasta que las palabras dejaron de respirar. Tardé días en comenzar a ordenarlas, meticulosamente, con todo el celo de quien sabe que maneja hilos importantes. Primero las mayúsculas, luego las comas, los puntos, unos sobre las ies y otros separando ideas, los finales, las tildes que pueden hacer que una palabra signifique lo que no quiere. Hay que tener mucho cuidado de ordenarlo todo correctamente para que la historia no se vuelva complicada. Puede ocurrir que trate de implicarte, que de pronto cobre vida y te atrape finalmente a ti. Puede ocurrir que vuelvas a casa una tarde y debas retirar, perplejo y solo, el café frío de dos desayunos sin tomar sobre la mesa de una cocina plagada de vacío, oscura y desconocida.

27 julio 2007

Güe.

Una lengua agoniza. Con ella hay canciones, la nana y el trabajo, la fiesta, el dolor, lo antiguo, la cosecha. Con ella hay toda una vida llena de generaciones transmitiendo su sabiduría. Con ella estoy yo y está mi abuela coles manes xuncíes a les de mio. Güe, güei muerre la to llingua, darréu muérresme tu.

26 julio 2007

Miedo

Hoy me sorprendo de verme planeando un banquito de piedra y un paisaje para tus ojos después de tanto tiempo y tantos silencios, y de que tú me digas sí a pesar de lo de las cartas rotas y las puertas que fui cerrando. Y también de verme en el armario eligiendo el color de la ropa que te gustaría que vista. Nunca hubo mentiras entre nosotros ni necesidad de mentir, si algo nos golpeó fue la verdad. Dura como un día sin amanecer ni pan para el hambre, real como las manos que extiendes para tocar mi espalda. Y, sin embargo, nos han faltado tantos crepúsculos. Hoy iré a tu encuentro después de tanto tiempo y tantos silencios sin saber cómo vestir mi miedo. Quizás lo único que quiero es ese banquito donde sentarme a mirar tus ojos, de nuevo, como lo hacía bajo las estrellas o sobre el inmenso mundo.

21 julio 2007

Verso perdido.


Estas tan llena siempre
de esa tristeza encendida,
que despiertas tormentas
y olor a otoño.
Te imagino del color
que los bosques olvidan,
del certero tinte
que cubre las heridas,
del rayo y de la nube gris,
relámpago a mis ojos caído.
Te anhelo cada noche
en mis brazos tendida,
junto al fuego derramado,
junto a la luna fría,
palabra que en mi boca falta
verso perdido,
como un dolor
que en mi mano pones
y en este llanto hago mío.

15 julio 2007

Sé mi silencio.

Desde este último instante
con el peso atroz del miedo,
con el miedo
y el recuerdo vestido de deseos
libres y galopantes
buscadores y amantes de tu pecho,
tu pecho
el que ha de acogerme
como el nido recién hecho
de los ausentes,
la casa para mi alma,
o mis ganas, o mi huída,
sé mi silencio, guarda mi piel,
la de tocarte
la de sentirte
la de llover sobre ti.

Sé mi silencio
como sólo tú lo sabes ser,
amor
desde este último instante
terrible y verdadero
como un astro anillado
un llanto derramado
una canción ignorada

un poema.
Hay un poema para ti
que no tiene palabras,
y sin embargo lo has leído
tantas veces en mis ojos,
desde siempre
desde el primer momento
la primera mirada
la que cambió nuestra vida.
Así pues, amante amiga,
de nuevo quiero mirarte
entre cosas
que mañana desconoceré.

12 julio 2007

Preguntas (Avatares de un cuaderno nuevo en un preoperatorio. Capítulo 8). Día 190 del año 2007.



Hoy ha vuelto a amanecer.


Veo los mismos edificios grises.


En el octavo piso del número veinticinco, esquina Horreo con Rosa, siempre hay un hombre en la misma posición detrás de los cristales. Quizás estudia cuántos automóviles rojos de la misma marca pasan por la calle. Quizás cuenta el número de palomas (esporádicas) que atraviesan hoy la avenida para hallar la media anual. Me pregunto si es tetrapléjico y su madre lo aparca cada mañana en la misma ventana, en el mismo eterno momento.


Sigo solo en la habitación, Ismael se fue hace unos días, no se cuántos, con su prótesis de cadera y su áspera esposa. “Oh… ya te dan el alta. Vamos caminando para no llamar a un taxi.”


Pienso en comenzar a marcar palitos en la pared para saber que pasan los días. Decido fumar otro cigarro a escondidas. “Si entra el médico tengo que aclararme la boca para hablar, pero antes de que pueda hacerlo ya se habrá ido.” Aquí los médicos hacen visita de médico. Me pregunto si deberían preguntarte qué tal estás; antes de que respondas ya se están marchando.


En la habitación 444 una mujer lleva veinte días agonizando. Me pregunto si llegará a morir en su tierra (a dos mil kilómetros de aquí), o la burocracia del seguro de viajes conseguirá llevarla muerta. Es mas barato llevarla en una caja de pino que en un avión UCI.


En el otro pasillo, junto a la baldosa número ochenta y cuatro, hay una chica anoréxica. Los médicos la riñen por que no come, como se hace con los niños pequeños que no quieren acabarse los espaguetis. Me pregunto si esa es la terapia.

Llegan a mi habitación dos chicas vestidas de blanco a hacerme preguntas. Me dicen que me voy al quirófano, que procure estar sentado. “Estupendo”, pensé. Si estoy en una silla de ruedas es por que no puedo levantarme. Me pregunto si sus preguntas eran las correctas.